• Redacción

¿CALI, LA SUCURSAL DEL INFIERNO?


Por Ramiro Bejarano Guzmán

En exclusiva para La Razón La crisis de Cali no es igual a la que padece el resto de Colombia. Se parecen en que ambas son graves, pero lo de Cali se ve distinto tanto desde allá y en la distancia. Durante años la ciudad fue identificada como un foco de civismo y de organización, porque aquí se hacía cola para subirse a un bus y las gentes tenían consideración para no botar basuras en las avenidas. A todo eso se sumaba el torrente sanguíneo de los calentanos, siempre amable, descomplicado, engalanado con la donosura de las mujeres también adorables y de fácil trato. Pero ¿en qué momento esto se jodió? Me temo que lo de hoy siempre ha sido así, solo que no se había suscitado la situación de enfrentamiento social que hoy ha dividido peligrosamente en dos bandas a los habitantes de este grato vividero, sin que nadie se hubiera dado cuenta. De un lado, militan personas que se ufanan de ser emprendedoras, las que producen riqueza, empleo y se mueven en los clubes sociales desde hace varias generaciones, luego de viajar por todas partes del planeta en especial a la Florida, donde algunas cuentan con importantes y suntuosas propiedades. Todos ellos ya están vacunados contra el covid, porque ya viajaron a Miami a recibir el preciado y saneador líquido, que aquí muchos no han recibido ni lo van a tener en muchos meses o de pronto solo hasta el próximo 2022. Hace un tiempo causó escándalo una fotografía de una señora principal reconocida como dirigente local, en la que aparecía con su hija y su nieta, las tres muy guapas y señoriales, y al fondo dos mulatas impecablemente vestidas de blanco que obviamente eran las encargadas del servicio doméstico. Esta foto no es de ayer, tiene ya varios abriles, y todos los caleños saben que esa es una imagen muy familiar por estos lares. Salvo el ruido mediático que ocasionó ese retrato, lo cierto es que entonces se percibió que las gentes caleñas podrían vivir con esas imágenes, que por estos tiempos se ven retadoras e inadmisibles. Los caleños mismos no habían advertido que entre ellos estaba cocinándose una brecha social tan peligrosamente desigual y se creyeron el cuento de estar viviendo en un paraíso hasta que por cuenta de la pobreza, el hambre y la miseria generados por la pandemia salieron a dejar sus vidas en las calles y aterrizaron en el infierno en el que están prisioneros y aterrorizados. Y las respuestas de las clases pudientes de la ciudad – y no me refiero solamente a esos momios poderosos dueños y gerentes de la producción - francamente ha sido tan preocupante como la ira de los marchantes desesperados. En efecto, esta semana las imágenes de televisión nos mostraron unas personas muy bien puestas, vestidas de impecable blanco, que salieron en el barrio Ciudad Jardín a manifestarse de manera muy peculiar. Asustados, con legítima razón por los peajes arbitrarios montados en el mismo perímetro urbano y la violencia desatada, este selecto grupo del estrato seis salió muy ordenadamente promoviendo como arenga el estribillo de “los buenos somos más”, “Cali se respeta” de claro talante excluyente. El mensaje de estos caminantes perfumados fue muy claro: quienes no marchen a su ritmo son malos o irrespetan la ciudad. Es allí donde parece que está el terreno fértil donde se hizo posible sembrar el odio en todos los rincones de la ciudad. Pero adicionalmente que floreciera con rapidez el rencor envenenado entre paisanos, al extremo de que la dolorosa realidad es la de que conviven ahora dos grupos de personas que, contrario a lo que pensaban, ya no pueden compartir la misma ciudad para vivir en paz sino en guerra. La dirigencia política no se ve que tenga la capacidad de convocatoria de la comunidad en general para restablecer los canales rotos. No hay líderes que sean acatados por ninguno de los dos sectores, que, quiéralo o no, van a tener que sentarse a conversar y explorar sus desacuerdos para hallar los puntos de encuentro. ¿Entonces, si no son los políticos, quién puede hacer algo conciliador ? Monseñor Darío Monsalve, le llegó la hora.

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